Por Carolina Reyes Cristi
Psicóloga, Magíster en Psicología Educacional y Directora Colegio Monteluz.

Generalmente los padres tienden a llamar “emociones negativas” a aquellas que causan malestar o desagrado. Como por ejemplo la rabia, tristeza, miedo, ansiedad, entre otras. Sin embargo, éstas son reacciones que todas las personas experimentamos y en los niños suelen habitar de manera intensa.

Esto ocurre porque los más pequeños expresan sus emociones desde el comportamiento y no desde su “mente”. Es decir, no hay un filtro o componente racional que les diga: “esto no es adecuado”, o, “esta no es la manera de comportarse socialmente”.  Por lo que es natural que manifiesten su rabia con una “pataleta”, el miedo con fuertes gritos o la pena con inagotables llantos.

En mi consulta, muchas madres y padres me cuentan que no les gusta que sus hijos expresen emociones que no les generan bienestar. Por ello, les enseñan desde muy temprana edad  a reprimirlas repitiéndoles frases como: “No es bueno llorar”, “para que te enojas”, “es malo estar triste”, “tienes que ser fuerte”. Ellos desde el desconocimiento, me explican que lo hacen porque temen que si los niños sienten miedo desde la infancia, pueden ser más frágiles o inseguros en su vida adulta, o si experimentan mucha rabia, se pueden transformar en adultos sin control. Mientras que aseguran que los estados “correctos” son los cercanos a la felicidad y tranquilidad.

Me gustaría aclarar que esos juicios no son más que fantasías y no están respaldados científicamente, ya que todas las emociones son inherentes a los seres humanos, por lo tanto son legítimas y no necesitan justificación.

A continuación les entregaré algunos consejos para que puedan desarrollar la inteligencia emocional de sus hijos:

Reconocer y validar las diversas emociones que sienten: Enseñarles que está bien sentir todo tipo de emociones, ya que durante su vida siempre experimentaran distintas vivencias. Algunas de ellas les generarán: alegría, amor, bienestar, entusiasmo, mientras que otras les producirán: tristeza, frustración, rabia o decepción.

Empatizar con éstas: Les podemos contar a nuestros hijos que como adultos también nos hemos sentido de la misma manera que ellos, y que por lo tanto comprendemos lo que les está pasando. De esta manera, les transmitiremos que es algo “natural” y que no sólo les ocurre a ellos.

Entregarles estrategias de expresión: Debemos ayudarles a encontrar maneras apropiadas para que puedan expresar sus emociones, formas que sea sanas y que les permitan después lograr la calma. Hay muchos cuentos que ayudan a trabajar el mundo emocional de los niños, uno de éstos es el “Tren de las emociones” de la autora chilena Ana María Deik, en este texto, se relatan diversas emociones y se explica su función. Se los recomiendo, ya que puede ser muy útil para abordar este tema de manera didáctica con nuestros hijos.

Los adultos debemos interiorizar que la forma de funcionar de nosotros es muy diferente a la de los niños, por este motivo, somos responsables de ayudarlos a mentalizar sus emociones, es decir, a poner en palabras aquello que les ocurre y así, ayudarlos a que lo comprendan y puedan expresarlo de una manera sana.

El reprimir o guardarse una emoción puede traer consecuencias nefastas para la salud mental de los más pequeños y posteriormente en la vida adulta, donde nos encontramos con personas que no entienden lo que les ocurre, no pueden expresar sus emociones o desencadenan cuadros de depresión, cuadros psicosomáticos (jaquecas, crisis de colon, insomnio, dolores, llegando incluso hasta parálisis musculares), entre otras problemáticas.

Mi consejo para las madres y padres, es que comprendan que lo negativo no es la emoción, sino cómo ésta se expresa. Todas cumplen una función, ya que son la expresión de una necesidad, por ello hay que aprender a identificarlas, atenderlas y canalizarlas.