Por Carolina Reyes Cristi, Psicóloga, Magíster en Psicología Educacional y Directora Colegio Monteluz.

Un estudio de la Universidad de Chile y la Unesco reveló que en Chile, a raíz de la pandemia de COVID-19, alrededor de un tercio de los niños ha sufrido deterioro en su bienestar psicológico. En esa área, se reportó que el 70% de los niños y el 66% de las niñas tuvieron dificultades en su disposición para hacer tareas, conectarse a clases, mantener la concentración y en su motivación y participación en clases online.

Tal como menciona este análisis, los efectos psicológicos asociados al encierro son múltiples: problemas de ansiedad, de estrés, de irritabilidad, insomnio, sensación de cansancio y baja de ánimo, pudiendo llegar a cuadros depresivos.

Niña angustiada

Frente a este impacto psicológico de tipo invisible pero de gran envergadura, no dejo de preguntarme, ¿qué están haciendo los colegios para abordar la carga emocional en sus estudiantes? La dura realidad nos demuestra que el énfasis ha estado puesto en los resultados académicos, en la preocupación de que los alumnos “no se queden atrás en su aprendizaje” y para esto, se ha seguido “funcionando normalmente” mediante clases online, con rígidos horarios y exigencias de evaluaciones, tareas y trabajos.

Lamentablemente el sistema está funcionando bajo una desconexión tremenda en relación con la realidad social que nos encontramos viviendo. Las neurociencias comprueban que las personas que se encuentran interferidas emocionalmente, tienen dificultades para aprender ¿para qué seguir insistiendo con largas jornadas de clases online?

Niña aburrida estudiando

Hoy tenemos al escenario educativo estresado con profesores, estudiantes y familias bajo una alta demanda psicológica. Es fundamental crear una estrategia conjunta familia-escuela. Para esto, es vital tener que adaptar y flexibilizar la demanda educativa y así, priorizar el cuidado emocional de todos. Propongo ordenar las prioridades, volver a repensar qué es lo realmente importante y luego, en una estrategia conjunta con el colegio, buscar una respuesta acorde y flexible para que los niños puedan aprender, sintiéndose tranquilos, seguros y libres de presiones.

Los padres deben conectarse emocionalmente con sus hijos, poniéndose en su lugar e incentivar su aprendizaje cuando estén con la disposición emocional adecuada para ello, sin presionar ni obligar.

En este escenario, es importante equilibrar el tiempo dedicado a los hijos, así, establecemos un horario para el  aprendizaje, pero también para descansar y jugar. Cuando los niños manifiestan que no quieren estudiar, pueden hacer una especie de “negociación con ellos”, donde se les plantea: “Está bien, si no tienes ganas ahora, hagamos otra actividad, pero con el compromiso que luego por la tarde, lo retomamos”.

Las instancias para compartir en familia también pueden ser utilizadas como momentos de aprendizaje: mientras cocinan, leen un cuento, dibujan, ven algún documental o película. En todas estas actividades, se pueden abordar temas de comprensión lectora, de cálculos matemáticos, conteo numérico, psicomotricidad, entre otras.

Familia jugando

Junto con esto, es importante transmitirle la relevancia del aprendizaje, ¿por qué es importante que puedan hacer o aprender tal o cual actividad? y así darle un sentido a aquello que hacen.

Respecto a los colegios, podrían crear espacios dedicados a la contención y expresión emocional, a la conversación, al diálogo, a las risas, al juego, a las artes (sabemos que las artes, son una forma de expresión y sanación para el alma), a la creatividad y la colaboración. Estas habilidades son indispensables para enfrentar de manera resiliente una crisis con características catastróficas como la que estamos viviendo.

Debe haber un cambio respecto de cómo concebimos el sistema de enseñanza y aprendizaje, sobre todo en estos tiempos. La educación debe ayudar en este proceso, para poder mitigar las consecuencias que acarrea esta pandemia en la salud mental y emocional de nuestros niños, jóvenes y familias.

Los tiempos de hoy nos están pidiendo a gritos una transformación. No es sostenible pretender educar en normalidad, en tiempos que no lo son, requiere un cambio de estrategia. Hoy no necesitamos éxito ni competir en la intelectualidad, debemos replantearnos la idea de qué es necesario y positivo para nosotros, nuestros hijos y nuestra comunidad y ver cómo poder transmitirlo desde la educación.